Mario desde la puerta, llamando a mamá para que fuese a acostarse con él. Sentía el miedo y la culpa por todo lo que hubiese podido ser y no fue.

«Que Dios me perdone, pero bien merecido que se lo tenía», susurró mamá persignándose: arriba-abajo-izquierda-derecha. Amén.

«Era una rata. Las tenía apuntadas por 200Bs», dijo papá.

El llanto de la mujer con una niña en brazos a pocos pasos de nuestro portón. La cara de los verdugos celebrando con sorna sin saberse observados. El revólver impuesto sobre una mano ajena que nunca lo había tocado. La bota oficial clavada con furia entre las costillas del cuerpo aún caliente. El chiste, la risa. El desplome después de esos centímetros recorridos a rastras como cordero con una pata herida. Cuatro, tres, dos, y el primer disparo que apenas le roza el hombro izquierdo antes de caer. La explosión confundida con un cohete que no dio inicio a ninguna celebración. Los pasos de una estampida de elefantes corriendo sobre un infierno encementado. El hombre con gorra y camiseta roja atravesando la calle antes de que Mario le grite «pobre diablo»; antes de que Mario se tumbe también al suelo por temor a que nos descubrieran; antes de que yo le dijera al heladero que las ruedas de su carrito estaban girando y me escondiera en el filo de la pared. Antes de que Mario entrara saltando al cuarto y me dijera: «vamos a jugar a gritar desde la ventana».

Ana Cristina Sánchez

Ana Cristina Sánchez