No pasen por la calle de los Sedek, decía la abuela cuando íbamos a la escuela. La vieja casona en la que se hospedó Simón Bolívar antes de la batalla de Araure era un fuerte destruido por el tiempo y la desidia. Desde los barrotes de las ventanas ya vandalizadas se veía el bosque que había nacido en ella. A Alcides y a mí nos gustaba cruzar por esa fachada prohibida a punto del desplome. Crecimos retando el destino y ganando vitalidad, mientras la ciudad envejecía. Pues lo mismo le ocurrió a la casa de los Dávila, los González, los Rodríguez y hasta a la propiedad que los Gutiérrez intentaron conservar como cafetería colonial cerca de la plaza. Una a una las casonas se contagiaron por el abandono del Estado, y la imposibilidad económica de las familias para mantener de pie sus muros y sus pilastras.
El casco histórico de Araure se tornó una isla desolada. Atravesar sus calles era sinónimo de peligro para peatones y conductores, porque también al pavimento se le fueron notando los años. Desde el asfalto se formaron arrugas y después surgieron cráteres imposibles de esquivar. Pero cuando caía la noche, no era el temor a los huecos o al derrumbe lo que hacía que todos en el centro se quedaran en casa. “Ahora hay que guardarse temprano”, decía la abuela. De las trasnochos en las aceras, conversando con los vecinos ya nada quedaba. Desde el monumento de las Tres Cruces, en la zona alta de Araure, hasta la avenida Las Lágrimas, el calvario de la guerra urbana nos azotaba. Algunas familias prefirieron vender a precio de gallina flaca y mudarse a las afueras en urbanismos pareados con casas minúsculas pero seguras.
El centro de Araure fue perdiendo su espíritu, las calles se llenaron de sequedad y silencio. El viento que corría de la parte alta venía cargado de pólvora, soltaba sangre y dejaba una mancha oscura por el camino. Era la vida de Víctor, a quien mataron cerca de la quebrada para quitarle los zapatos. Los sesos de Don Andrés a la salida del banco la tarde que fue a retirar una plata. De pronto, en el cementerio no cabían tantos cuerpos y la gente dejó de usar el panteón municipal. Ni nuestros muertos podían quedarse en esa ciudad colonial; tampoco lo hicimos nosotros.
Primero se fue la abuela, partió al mediodía en medio del apagón nacional. Después, se fueron María Eugenia, Henry y Alcides. Yo salí de última por ser la menor, supongo. Conmigo llevo la casa, el sol y los abrazos diluídos como el vapor que expulsa cada tarde el suelo de aquella tierra llanera y lejana.
Ana Cristina Sánchez

